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LM · La travesía de un mundano
Eje II

El insomnio

Las noches que no descansan

Una inmersión en la vigilia forzada, donde el humo del cigarrillo y el caos mental de la madrugada se convierten en los únicos compañeros de una mente que no logra apagarse.

Lectura protegida Uso personal autorizado Lo que el eco no devuelve Biblioteca privada

Te despiertas a mitad de la noche, como si algo dentro no pudiera seguir durmiendo. Enciendes un cigarrillo, y la brasa ilumina por un segundo la sombra de tus pensamientos. El frío se cuela por las rendijas de la habitación, te abraza sin permiso, y el silencio —implacable— retumba con ecos de lo que no decís.

El humo se mezcla con el aire espeso, dibujando todo lo que no digo. Cada calada es un intento de calmar este nudo, de frenar los pensamientos que duelen más de lo que admito. Pensás en todo y en nada. En lo que fuiste, en lo que perdiste, en lo que esperás sin saber si algún día llega.

Ahí, en medio de la oscuridad, te das cuenta que no es insomnio: es tu alma hablando cuando el mundo duerme.

* * *

El sueño no llega. Se esconde detrás de pensamientos que vuelan, como pájaros sin nido, chocando contra los bordes del pecho. Intento calmar la marea interna, pero las olas del día revuelto se transforman en ansiedad que no tiene nombre.

Cada minuto parece más largo que el anterior. La almohada se vuelve un refugio incómodo y la oscuridad del cuarto, una extensión del caos interno. Me doy cuenta de que no es el cuerpo el que no descansa, sino la mente, que sigue buscando respuestas donde sólo hay silencios.

El cuerpo quieto, pero la mente sigue corriendo. Quisiera saber cuándo llegará el fin de estos pensamientos que no duermen, de estas voces que no callan, de esta ansiedad que interrumpe la calma.

* * *

Hay noches en las que los pensamientos no solo vuelan, gritan. Se repiten, se contradicen, se disfrazan de memorias para doler un poco más. Intento escapar de mí mismo, pero no hay rincón donde no esté. Me sigo a todas partes, con preguntas sin respuesta, con cicatrices que se abren en el silencio.

A veces me siento preso de todo lo que callé, de lo que quise y no fue, de lo que tuve y no supe sostener. La mente se convierte en un escenario donde se repiten escenas que ya pasaron, pero que siguen afectando como si ocurrieran ahora.

Y entonces entiendo: el eco de los pensamientos no es solo ruido, es una forma de recordarme que estoy vivo, aunque duela, aunque no tenga sentido todavía.

* * *

Noches como esta se han repetido tantas veces que ya parecen viejas conocidas. Lentas, frías, silenciosas. Empiezan por los pies, como un escalofrío que no avisa, y van subiendo hasta meterse en la cabeza, donde las ideas se enredan con la nostalgia.

Hay noches en que el tiempo se congela, dejando espacio a los pensamientos. La tristeza se despierta en silencio y, con ella, la duda. Duda sobre esas personas que te rodean, que dicen estar, pero solo están cuando les conviene. Y ahí, en medio del frío y el insomnio, te preguntás quién realmente está y quién solo ocupa lugar.

Una parte de mí ya sabe lo que viene: esa sensación de vacío que aprieta el pecho y deja sin aliento, como si la vida se empeñara en recordarme que, al final del día, solo quedo yo. Solo yo con mis pensamientos, mis recuerdos, mis errores.

Y nada alcanza. El cigarrillo se consume en silencio como cada promesa que no fue. Y yo, girando en la cama, naufragando en lágrimas que ya no necesito esconder. Porque nadie las ve. Porque nadie las pregunta.

Es mi tiempo, y también mi carga. Una noche más donde la vida no deja nada… solo el peso de existir.

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