El silencio
Del vacío que aturde a la libertad que abraza
Este eje unifica el recorrido desde el silencio inicial, percibido como una ausencia dolorosa y ensordecedora, hasta el descubrimiento del silencio como un espacio de habitación propia y eventual calma.
Alguna vez estuvimos en el lugar correcto, sin saberlo, nos alejamos. Hoy solo queda distancia, y aquel rincón que fue hogar ya no sabe cómo volver a serlo. No importa el presente que vistas, la soledad encuentra grietas, y el vacío… aturde incluso al silencio.
A veces no es la ausencia lo que duele, sino la permanencia invisible de lo que ya no está. El eco no responde, pero sí recuerda. Y en ese murmullo antiguo el alma revive lo que quiso olvidar.
Fotogramas vacíos. Fuimos destino, pero nos extraviamos entre pasos rotos. No hay rutas de regreso, solo historias que duelen y piel que aún recuerda lo que era volar sin miedo.
La lluvia que no moja. Hay lágrimas que no se evaporan, como promesas sin testigos. Y mil veces podés empezar de cero, pero todo sabe a encierro cuando el alma no encuentra su lugar.
Abismo de nadie. Confío en ángeles que cruzan mi camino, aunque ya sé que muchos solo tienen alas prestadas. Y mientras más doy, más me encuentro en pedazos, en el suelo, intentando armarme con piezas que ya no encajan.
Donde ya no habito. Estoy cansado de reinicios. Quiero que este camino termine. Quiero, al fin, dejar de volver a empezar… Pero el camino no termina. Se estira como sombra detrás del sol, y yo, con los pies heridos, sigo andando, sin saber si avanzo o solo me hundo más lento.
Una casa sin puertas. Hay días que finjo estar bien, sonrío con labios que ya no creen en milagros. Y hay noches que me abrazo fuerte para no desvanecer en el mismo vacío que me habita.
Interludio sin final. La esperanza se volvió una palabra que me duele pronunciar, pero aún así… la repito, como un rezo tonto, como si el eco me pudiera devolver una versión de mí que no duela. A veces pienso que tal vez no estoy roto, sino que el mundo no supo dónde encajarme. Y por eso doy de más, confío de más, me pierdo de más.
Retorno a mí. Quisiera dejar de construir castillos en corazones ajenos, quisiera que alguien se quede cuando ya no tengo nada para ofrecer más que esta alma hecha trizas. Si pudiera elegir algo, solo una cosa... elegiría paz. No la felicidad que duele al irse, no la ilusión que arde al caer. Solo paz. Silencio sin vacío, presencia sin peso, respirar sin sentir que el aire quema.
Ya no me asustan los finales, me inquietan los comienzos forzados, la necesidad de volver a caminar cuando no se sabe hacia dónde, la sonrisa obligada que se cuelga como abrigo en un invierno sin consuelo.
He aprendido a hablar solo sin que suene a locura, a sostenerme con palabras que nadie escucha, pero igual digo. Porque hay verdades que se pronuncian, aunque no tengan destino.
No todo lo roto necesita arreglo, algunas grietas enseñan, algunos vacíos respiran. Me hice amigo del dolor porque nunca se fue. Y en lugar de pedirle que se vaya, le ofrecí asiento para que al menos no me tome por sorpresa.
Hoy no quiero promesas. Ni futuros dibujados en espejismos. Solo quiero una tregua. Un día sin tormenta interna, una noche sin guerra en el pecho.
He dejado de buscar razones y empecé a reconocer pulsos: si algo late, es real. Si algo se quiebra al tocarlo, tal vez nunca fue mío. Y, sin embargo, sigo. No por esperanza. Ni por fe. Sino porque el silencio no mata, pero tampoco cura. Y a veces, andar es la única manera de no desaparecer.
No todo movimiento es avance. A veces, quedarse quieto requiere más fuerza que huir. Más coraje que seguir corriendo sin rumbo ni razón.
He estado ahí. En el centro exacto del vacío, donde el aire pesa más que los recuerdos, y cada latido parece una ofensa a lo que se ha perdido.
Las voces internas no siempre gritan. Algunas susurran cosas que duelen más: "no sos suficiente", "otra vez te rompiste", "nunca vas a encajar". Y las creo. Porque me nacen de adentro. Porque las he alimentado en silencio durante noches interminables en las que ni siquiera el llanto fue compañía.
Hay cicatrices que ya no buscan sanarse. Solo quieren ser reconocidas. Nombradas. Como quien pasa el dedo sobre una herida vieja y, por primera vez, no la esconde.
Ya no tengo urgencias por entenderlo todo. Hay dolores que no se explican. Solo se atraviesan. A oscuras, con el alma en los dientes, y la dignidad hecha jirones.
He dejado de culparme por sentir. Porque sentir, aunque duela, es lo único que me recuerda que sigo acá. Que aún existo. Que no todo está perdido. Y si tengo que quedarme en este rincón del mundo donde nadie toca ni llama, al menos quiero hacerlo con dignidad. Sin mendigar afectos, sin disfrazarme para agradar, sin vaciarme por alguien más.
Si he de quedarme solo, que sea conmigo. Pero conmigo de verdad. Con mi sombra completa, con mis restos y mis fuegos. Y quizás, algún día, en esta quietud que también duele, encuentre un refugio. Un lugar donde el mundo deje de dolerme tanto.
Hay un silencio que no es ausencia de sonido, es el eco profundo de no tener a quién contarle el día. Ese momento en que el reloj sigue, pero vos te detenés y mirás alrededor… y todo está quieto, como si el mundo se olvidara de vos.
La soledad no grita, susurra. Te envuelve con suavidad cruel, te acaricia mientras va calando hondo, llenando los espacios con pensamientos que no pediste.
Y ahí estás vos, con mil palabras atoradas y nadie que escuche. Con los ojos abiertos en la noche, esperando que algo pase, aunque sea una lágrima que caiga y te haga sentir que todavía estás acá.
Pero también, en ese silencio hay una semilla: la del encuentro con uno mismo. La soledad puede romperte, o puede revelarte. A veces… hace ambas cosas al mismo tiempo.
Hay un lugar al que voy cuando todo se desborda. No tiene nombre, ni coordenadas. Es un espacio que solo existe cuando cierro los ojos y me alejo del ruido.
Ahí, el silencio no duele. No me recuerda lo que perdí, ni me lanza preguntas sin respuesta.
Ahí, el silencio abraza. Es un soplo tibio que me envuelve, una pausa entre tanto sobresalto, un descanso para el alma cansada.
En ese lugar, no tengo que fingir fuerza ni justificar mi tristeza. Simplemente soy. Y eso alcanza.
Camino descalzo sobre recuerdos suaves, no hay relojes ni metas. Solo la respiración tranquila, el latido pausado, el corazón sin armaduras.
Me gustaría invitarte ahí algún día. Donde no hay juicio, ni culpa, ni prisa. Solo un rincón sagrado dentro mío donde todo lo que fui, todo lo que soy y lo que aún no entiendo de mí, coexiste en paz.
Donde el silencio no duele. Donde por fin, descanso.
No llegó respuesta. Y en el fondo, sabía que no iba a llegar. No porque no importara, sino porque ya no se trataba de eso.
Escribirlo fue suficiente. Nombrarte fue como nombrarme. Y por primera vez, me escuché.
Me escuché decir lo que dolía. Lo que pesaba. Lo que escondí tantos años debajo de otras cosas. Y descubrí que el silencio, cuando ya no se teme, puede ser hogar. No todo tiene que gritarse. No todo tiene que romperse para valer. Hay despedidas que no hacen ruido, pero limpian.
Desde entonces, camino distinto. No más rápido, ni más fuerte. Solo distinto. Respiro con menos miedo. Digo menos, pero siento más. No espero milagros, pero dejo la puerta abierta. A veces entra luz. A veces entra viento. Y a veces, entro yo.
Ya no quiero volver a ser el de antes. Quiero ser el que sobrevive a este capítulo. El que escribe sin certezas, pero con verdad.