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LM · La travesía de un mundano
Eje IV

LA HUIDA

Kilómetros como heridas abiertas

El movimiento como respuesta al dolor. La ruta, la camioneta y la distancia física como un intento desesperado de dejar atrás una versión de uno mismo que ya no se sostiene.

Lectura protegida Uso personal autorizado Lo que el eco no devuelve Biblioteca privada

No lo planeé. Solo pasó. Una mañana, abrí los ojos y supe que tenía que irme. No de un lugar, sino de una versión mía que ya no podía sostener. Armé un bolso sin pensar demasiado: dos mudas de ropa, un cuaderno, la carta que no envié. Y me fui.

No sé si escapé o si por fin empecé a buscarme. Pero el silencio de la ruta sonaba distinto al de mi habitación. Más honesto. Menos asfixiante. Cada kilómetro era una capa menos. Cada estación, una despedida sin palabras. No dejé notas. No hubo abrazos. Solo un portazo suave, como quien no quiere despertar a nadie.

No sé a dónde voy, pero tampoco quiero saberlo todavía. Por primera vez en años, me permito andar sin mapa. Solo confío en que al final de este viaje no me encuentre con el mundo, sino conmigo.

* * *

Aceleré. No el auto. Aceleré el alma. Las manos temblaban, pero no de miedo. Temblaban de vida. De esa vida que se despierta cuando dejas de sostener lo insostenible. La ruta se abrió como una herida larga, y yo la recorría sin preguntar por el final.

A los costados, el mundo se desdibujaba. Quedaba solo el presente, afilado, intenso, como un rayo que no avisa. Paré en una estación sin nombre. Café amargo. Espejo sucio. Una cara conocida y desconocida a la vez. Me miré. No supe quién era. Y por eso, sonreí. Algo se estaba cayendo, y no era yo. Era todo lo viejo, lo muerto, lo que ya no me quedaba bien.

La música no era linda, pero era fuerte. Como mis pensamientos, que no buscaban sentido sino dirección. Todo se movía. El paisaje, el cuerpo, las certezas. Y por primera vez, yo no quería detenerlo. No sé si estoy huyendo o renaciendo. Quizás sean la misma cosa. Solo sé esto: ya no pertenezco al lugar del que partí. Y eso, aunque duela, es libertad.

* * *

Ayer quise rendirme. No lo dije en voz alta, pero lo pensé. Con fuerza. Con cansancio. Con esa resignación que te aprieta el pecho cuando ya nada parece tener sentido. Pensé en apagar todo. En cerrar el mundo. En convertirme en silencio. En olvidarme. Pero no lo hice. No sé por qué. No fue por esperanza. No fue por valentía. Fue apenas un gesto mínimo: respirar una vez más. Aguantar un minuto más. No soltar todavía.

Y hoy estoy acá. No en el paraíso. No en el lugar perfecto. Pero sí, en un lugar que ayer me parecía imposible. Hoy hay viento en la cara. Hoy hay cielo abierto. Hoy hay una canción que suena y no me lastima. Hoy hay algo que late. Algo que arde. Algo que no duele.

Y entonces lo pienso, lo repito, lo grito: Si ayer me hubiera rendido, no viviría este sueño. Y no es un sueño de película. Es un sueño real: hecho de trozos que no encajan, de cicatrices que no desaparecen, de rutas que no avisan a dónde van. Pero es mío. Y estoy despierto dentro de él. Y eso, después de todo, es vivir.

* * *

Otra noche más, devorado por el asfalto, en una ruta larga, vacía y ciega. El viento empuja la camioneta con fuerza, pero también mueve algo adentro mío, como si quisiera despegar recuerdos adheridos al silencio.

Las líneas blancas que cruzo ya no marcan el camino, se convierten en cuentas regresivas, en cicatrices extendidas sobre la carretera. Cada una arrastra una historia, una escena inconclusa, una decisión evitada.

La música, antes compañera, queda relegada a un murmullo lejano. Ahora suenan solo pensamientos, como voces sin rostro que repiten todo lo que alguna vez callé. Me pierdo en esas repeticiones mentales, como si buscara, entre los pliegues del pasado, una señal que nunca apareció.

Y aunque la noche sea espesa y el horizonte se oculte tras sombras, hay una claridad cruda en saber que muchas veces no es el camino el que pesa, sino lo que llevamos en el pecho cuando nadie más está mirando.

* * *

Un viaje sin retorno. Un viaje sin sentidos, donde las sensaciones del pasado dormían en cicatrices cerradas hasta que el recuerdo volvió a abrirlas. El viento y el aroma se aferran a la piel, como fantasmas que se niegan a partir. Nada más triste que regresar al lugar del que siempre intentaste escapar.

* * *

Cuando viajás miles de kilómetros para escapar, y descubrís que el encierro te persigue, que la distancia no borra la sombra ni la música consigue llenar la vastedad del silencio. La habitación es oscura, vacía, y aun con las paredes desnudas pesa como un mundo entero.

Entonces tu mente te pregunta: ¿Qué estamos haciendo? ¿Dónde pertenecemos? Y la respuesta se esconde, huidiza, como un animal asustado, mientras entendés que no existe geografía que regale paz, si primero no se enciende una lámpara adentro.

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